jueves, 24 de noviembre de 2011

La oscuridad infinita

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La ceguera es una maldición y Liar lo sabe perfectamente. Invidente desde su nacimiento, el joven gustaba de explorar el mundo con el resto de sus sentidos. Por desgracia, el pobre muchacho ciego carecía de aquello a lo que los demás llamaban “amigos”. Su única compañía fue, durante mucho tiempo, su perro lazarillo Derp. El pastor alemán disfrutaba sobremanera con la compañía de Liar e incluso llegó a guiarle por los angostos caminos de la vida todo el tiempo que estuvieron juntos. La oscuridad no era un obstáculo para el desafortunado chico gracias a su compañero canino. 

Los padres del muchacho estaban preocupados por el comportamiento aislante del mismo, pero él no hizo caso de las peticiones de sus progenitores para ir a conocer a otros chicos de su edad. No le gustaba hablar con la gente y no le gustaba sentirse observado. Desde su ceguera innata concebía que las miradas hacia otros individuos eran una afrenta a la intimidad y así pensó hasta el final de sus días. Aún así, tenía en alta estima a sus padres, que le habían dado un cuidado óptimo durante toda su vida.

Llegó el invierno y el trágico día llegó. Cuando Liar fue a pasear sin el consentimiento de sus tutores a una montaña cuya capa de nieve hacía invisible la tierra, empezó a divagar por los senderos hasta que llegó al final del camino. Delante de él yacía un abismo profundo. A causa del fuerte viento no fue capaz de discernir que más adelante no había soporte para sus pies así que siguió caminando. Su estimado Derp agarró sus ropajes de un mordisco y le lanzó hacia arriba, pero el can cayó inevitablemente a una muerte segura.

Desde aquél momento Liar creó una burbuja en la que nadie podía entrar. Su mundo era únicamente suyo, por lo que sólo hablaba a sus padres cuando era necesario. Los viajes solitarios eran habituales pues aprendió a moverse sólo agudizando otros sentidos como penitencia por la pérdida de su amigo.

Un día nublado llegó a unas ruinas cuyo mensaje, escrito en un idioma olvidado, yacía justo encima de la entrada, en un arco que parecía dar la bienvenida a aquellos que cruzasen su sombra. El grabado, al que Liar no podía acceder por la altura, rezaba "el que sienta temor no podrá gobernar el mundo; aquel que sienta miedo dividirá las naciones y causará desgracias catastróficas. Sólo el valiente podrá desentrañar el secreto del mundo, el origen de los orígenes". 

Ahí estaba el joven invidente, delante de todo aquello por lo que se derramó más sangre de la que se pueda llegar a concebir, de lo que todo y todos surgían. Como no pudo observar qué yacía delante de el, decidió volver a su hogar. Antes de partir, tropezó por el azar del destino y cayó sobre algo inefable, algo que ni él actualmente podría describir, algo inmaterial pero algo que Liar sintió en su interior. La ignorancia es uno de los peores enemigos del ser humano.

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